jueves, 22 de febrero de 2018

El declive

He tenido un extraño sueño. En él, cerca y lejos estaban a la misma distancia. No puedo explicártelo. Ni yo mismo consigo entenderlo, estando despierto. Hay cosas que solo se pueden recuperar y comprender durante una fracción de segundo, mientras dormimos. Quiero traer mis sueños a la realidad. Quiero traer mis pesadillas a la realidad para tener la oportunidad de enfrentarme a ellas, pero no me lo permiten. Nunca.
Hoy he salido a la calle y no he visto más que otoños a mi alrededor. El crujir de las hojas secas, el declive, la cuesta abajo que se acelera hacia un final que nunca termina de llegar.

En el metro, un anciano se sentó frente a mí. Se apoyó sobre su bastón, con la empuñadura en la frente y los ojos cerrados con fuerza, como si se la estuviese clavando entre las cejas. Ambas manos sujetaban el bastón, como si fuese un báculo hecho para rezar. Así estuvo durante cuatro estaciones, sin levantar la cabeza, meciéndose con el movimiento del vagón.
Al llegar a su estación, actuó como en todas las anteriores excepto por un detalle: apretó los párpados y los puños con toda su fuerza, convertido en el sonido que lo rodeaba, esperando escuchar cómo se abrían las puertas.
Alguien, no sé quién, lo hizo, las abrió. Un segundo antes de que sonase la bocina, el anciano relajó el cuerpo y se apoyó sobre su bastón para salir corriendo sin mirar atrás, como un caballo con sus orejeras.
Me giré para verlo a través del cristal. Parecía inquieto, como si no quisiese posar su mirada ni una vez sobre la bala que ya desaparecía a través del túnel, llevándome a mí y a los demás pasajeros lejos del andén, lejos de él. 

Todavía me pregunto por qué actuó así, por qué no se movió ni quiso observar ni por un instante lo que sucedía a su alrededor; como si tan sólo quisiese esperar a que el viaje terminase. Todavía me pregunto por qué esperó ciegamente a que llegase el momento de cruzar el umbral.

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